Diccionario Javier F. Becerra

Por Holly Behl

Evolución de un diccionario; entrevista con Javier F. Becerra

Cada año, la prestigiada Escuela Libre de Derecho de la Ciudad de México anuncia una materia optativa que discretamente denomina “Taller de inglés jurídico”. Actualmente, después de 25 años, la materia sigue siendo impartida por su fundador – el abogado, catedrático y autor Javier F. Becerra.

Becerra ha escrito dos diccionarios jurídicos, el Diccionario de Terminología Jurídica Mexicana (español-inglés) y el Diccionario de Terminología Jurídica Norteamericana (inglés-español), cada uno de más de 1,000 páginas, que son preciadas posesiones de muchos abogados y traductores legales. Se ha retirado del ejercicio profesional después de más de 40 años de laborar en un despacho, incluyendo tres años como socio director, y ahora está totalmente dedicado a sus diccionarios, a sus clases de inglés jurídico y a dar conferencias en diversos lugares de México y Estados Unidos.

Diccionario Ambulante
Para entender los diccionarios de Becerra, por un momento debemos olvidarnos del catedrático y verlo en los días en que era un joven abogado. Había regresado al país después de estudiar en Inglaterra siendo alumno investigador en la Universidad de Cambridge como miembro del Trinity College, en donde escribió una tesis de derecho comparado, para incorporarse como asociado en un reconocido despacho de la Ciudad de México. Desde el principio, trabajó con los socios más importantes de la firma en complejas operaciones a nivel internacional, en especial en materia de fusiones y adquisiciones, pero se corrió la voz de que había estudiado en el extranjero y dominaba el lenguaje jurídico en inglés. Como resultado, sus colegas lo detenían en los corredores para consultarle términos en inglés de diversas áreas, lo que le obligó a ampliar su investigación en derecho comparado para incluir otras especialidades. Dice con una sonrisa: “me veían como un diccionario ambulante”. Empezó a tomar nota de las palabras y frases que se le presentaban y posteriormente agregaba breves explicaciones para su propio beneficio. Explica: “el trabajo de los glosarios fue constante y automático, dejando constancia de lo que se comentaba en esas conversaciones”.

Su asistente, María Luis López (mejor conocida como Malú), organizaba sus notas alfabéticamente que con el tiempo se convirtieron en glosarios.

En aquella época no había computadoras, por lo que al principio los glosarios debían ser mecanografiados. Posteriormente, se transcribieron en procesadores de palabras y finalmente en computadoras. Este proceso duró aproximadamente 25 años.

Traducción Legal en el Ejercicio de la Profesión
Las actividades de nuestro autor en el despacho siempre han involucrado traducciones. Explica: “el 90% de los clientes del despacho eran importantes empresas norteamericanas multinacionales que pretendían operar en México; sin embargo, sus funcionarios no estaban familiarizados con la forma en que se hacen negocios aquí; generalmente, trataban de aplicar aquí las políticas y procedimientos que usaban en Estados Unidos, pero debíamos adaptarlas y ayudarles a entender que algunas cosas simplemente no funcionan en este país o se hacen de manera diferente”.

Los clientes le enviaban múltiples documentos legales y contratos en inglés, con la intención de utilizarlos aquí. Lo primero que tenía que hacer era preparar una versión en español, que en seguida se modificaba para adaptarla a las leyes y otras disposiciones legales en México, así como para darles el estilo de redacción normalmente entendible en México. Posteriormente, la versión en español debía ser traducida de regreso al inglés para ser revisada y comentada con los clientes, hasta lograr llegar a una versión bilingüe definitiva que fuere aceptable para todos los involucrados. Era un proceso largo y difícil, pero necesario, a fin de evitar problemas legales innecesarios en el futuro. Al principio, el departamento de traducción del despacho preparaba borradores de traducción, pero nuestro autor determinó que frecuentemente los borradores eran demasiado literales y poco aprovechables en la práctica.

Explica: “la idea principal es que el traductor debe primero entender y después comunicar los conceptos contenidos en el documento original”.

Al principio, se dio cuenta de que le era más fácil que él mismo preparara el borrador de todo el documento, en lugar de perder valioso tiempo tratando de identificar y corregir los errores encontrados. Trabajó muy de cerca con los traductores del despacho para enseñarles su método y les exigió estudiar y aprender las complejidades del vocabulario legal. Se convirtió en el jefe del departamento de traducción. A pesar de esta faceta de sus actividades, Becerra nunca se ha considerado un traductor.

“Lo que he hecho en materia de traducción siempre ha formado parte integrante del ejercicio de mi profesión de abogado. Mi trabajo fue bilingüe la mayor parte del tiempo. Las operaciones en que participaba típicamente se negociaban en inglés, pero los documentos debían ser redactados en ambos idiomas para que las partes se entendieran recíprocamente. Lo que tenía que hacer era redactar y negociar los contratos y otros documentos de tal manera que fueran válidos en México, pero a la vez debía satisfacer a los clientes extranjeros y a sus abogados de que los objetivos del negocio estaban adecuadamente resueltos, aun cuando los términos jurídicos y el estilo de redacción no coincidieren con los utilizados conforme al sistema jurídico norteamericano. Así, el idioma y la traducción siempre fueron herramientas de trabajo y no un fin en sí mismos”.

Enseñanza y Publicaciones
En 1989, un grupo de intérpretes y traductores solicitaron a Becerra ayudarles a desarrollar un vocabulario jurídico correcto. Así, se inició el taller de inglés jurídico y convenció a la Escuela Libre de Derecho de permitir que se inscribieran no sólo los alumnos, sino otras personas interesadas, de tal manera que pudieran asistir intérpretes y traductores. El curso fue un éxito, pero varios alumnos han querido repetirlo una o más veces, por lo que el material de cada curso debe ser distinto cada año. Sus glosarios continuaron creciendo y con ese motivo estudió y amplió sus conocimientos lingüísticos para abarcar gran número de áreas del derecho.

Una vez que decidió hacer la primera publicación, nuestro autor inició un intenso periodo de cinco años de trabajo editorial para preparar el diccionario español-inglés.

“Lo que tenía eran dos largas listas: una con palabras y frases de español a inglés y otra de inglés a español. A pesar de que nadie me había enseñado lexicografía, me di cuenta de que no era suficiente traducir simplemente palabras. Para que el lector entendiera y pudiera traducir conceptos extraños, se requerían sinónimos, descripciones conceptuales, breves explicaciones y ejemplos de uso. Utilicé el Black’s Law Dictionary como guía para empezar a dar forma al primer diccionario. Además, debo mencionar que para este efecto, tuve la fortuna de que el manuscrito fuere revisado por George Humphrey, joven abogado norteamericano que ahora es socio de un importante despacho en Houston. En años posteriores, obtuve la colaboración de John Young de nacionalidad canadiense, que es abogado tanto en México como en Canadá y quien hizo valiosas correcciones, sugerencias y aportaciones para la segunda edición de ese diccionario”.

Hace notar que un error común, especialmente en personas que no son traductores, que un término jurídico utilizado en cualquiera de los países hispanoparlantes es universalmente válido en todos los demás países. A pesar de su origen común y de utilizar el mismo idioma, los conceptos jurídicos no siempre traspasan fronteras.

“Los sistemas legales son parecidos a un árbol. Existe un tronco común, pero a medida que crece, las ramas van tomando su propia fisonomía. Algunos sistemas pueden parecer similares, pero otros son totalmente diferentes, aun utilizando el mismo idioma. Para preparar una traducción correcta, debe compararse el lenguaje jurídico de dos países claramente identificados”.

Como resultado, Becerra enfocó sus diccionarios exclusivamente en los sistemas legales de Estados Unidos y de México. “La ley existe para reglamentar problemas que son únicos en un determinado lugar. En virtud de que las ideas no son iguales de un lugar a otro, la ley y el lenguaje cambian. El lenguaje legal es local y no universal”.

Como ejemplo, menciona el término “living will” que es un concepto que aparece en diversos países de habla hispana, pero con diferentes nombres y modalidades.

“Existen sitios de Internet en que diversos traductores se han enfrascado durante meses en tratar de llegar a un acuerdo sobre la traducción única y correcta al español de ese vocablo, lo que es un ejercicio totalmente infructuoso ya que no existe uno solo. No es un diccionario técnico, en donde un término identifica a un objeto específico”.

Aun cuando el material se limita a los sistemas jurídicos mexicano y norteamericano, Becerra indica que los diccionarios requieren una actualización constante, a medida que las leyes cambian. Con el primer diccionario, la persona encargada de dar formato a la obra estaba lista para proceder a su impresión, pero yo seguía haciendo cambios. Hubo que preparar cuatro versiones del manuscrito antes de llegar al definitivo. Obviamente, esto lo enfadó y la relación entre ambos resultó ser estresante. Cuando estaba listo el segundo diccionario, hubo que preparar cinco versiones, pero para entonces encontramos una mejor manera de trabajar, ya que cada uno sabía que esperar del otro”.

Pasaron tres años más para editar la segunda edición del Diccionario de Terminología Jurídica Mexicana y ahora es momento de actualizar el Diccionario de Terminología Jurídica Norteamericana.

Diccionario para una Nueva Era
Nuestro autor está preparando ahora un plan piloto para el diccionario inglés-español, a fin de poner a prueba una nueva edición en forma digital. Hay diversas razones para alejarse de la obra impresa.

Becerra señala: “es mucho más fácil actualizar una versión electrónica. Los diccionarios impresos son enormes y me he encontrado personas que los llevan cargando a donde van; francamente, es algo inconveniente. En la actualidad y con la nueva tecnología que tenemos, las personas están más acostumbradas a llevar una iPad”.

Aclara que la versión digital no será únicamente la versión electrónica del diccionario impreso. A pesar de que los detalles aún se encuentran en desarrollo, la idea es ofrecer un servicio que permita hacer consultas en línea e incorporar nuevos términos periódicamente, con objeto de mantenerse al día de las reformas legislativas y otros cambios.

Cuando se le pregunta sobre el equipo que trabaja en la actualización del contenido, Becerra se ríe. “¿Cuál equipo? Mi equipo está formado por Malú y yo”. Deja a un lado su tasa de té de manzanilla. “Déjame ver si tengo una página marcada con correcciones”.

Llama a Malú, la misma sonriente asistente que le ha ayudado por 33 años no solamente en sus actividades diarias del ejercicio profesional, sino también a escribir los diccionarios. Aparece con una pila de papeles tan alta que podría resultar peligroso moverla con una sola mano. Becerra me la presenta y ella empieza a pasar las hojas del manuscrito, sacando algunas para enseñarlas. Me muestra una detrás de otra.

“Las entradas sombreadas son nuevas”, indicándome cuáles son. Por lo menos la mitad de la página está sombreada. “También puedes ver notas para entradas que aún deben ser investigadas”. Hay asteriscos que llevan a notas manuscritas al final de la página, que continúa al reverso. Extiende una hoja de papel amarillo adherida al final de la página, que muestra aún más comentarios por ambas caras.

Becerra está visiblemente emocionado con la nueva versión de su proyecto de vida. “La primera edición del primer diccionario me tomó 30 años. La primera edición del segundo me llevó 8 años. La segunda edición del primer diccionario me tomó 3 años. Ahora llevó 4 años trabajando sobre el nuevo material para esta edición y, en el formato electrónico, tendré mejor oportunidad de actualizarlo en forma más rápida”.

La dedicación de nuestro autor a este nuevo proyecto seguramente será bienvenida como una herramienta útil. Ahora que los formatos electrónicos y el almacenamiento en la nube son la norma de libros, películas y música, tiene sentido que las pesadas obras de referencia se unan a la era tecnológica. No hay razón para que fuentes menos confiables sean las únicas que estén disponibles para consultar con un simple toque en la pantalla. El valor agregado de la facilidad de tener acceso a la obra y la poca obsolescencia deberán hacer que la oferta de obras digitales de calidad sean más atractivas a abogados, intérpretes y traductores que busquen actualizar sus colecciones. Se espera que Becerra sea uno más de los muchos autores respetables que entre a la era digital.